Tono, Antonio Lara de Gavilán

El carpetovetónico don Antonio de Lara Gavilán “Tono” compartía bigote con don Miguel Mihura (1), y los dedos de la mano maestra (2) con los demás componentes de esa “otra generación del 27”, la del humor y los quioscos. Una generación con la que todavía hoy nos estamos riendo gracias a un humor atrevido y moderno  “que requiere una pequeña preparación mental para su comprensión, que incide antes en el cerebro que en los nervios”(3)

Las revistas, los tebeos y los diarios introducían las ideas y las obras de estos artistas en casa del ciudadano de a pie y del de a automóvil también. No le fue, pues, preciso al vulgo, acudir a los museos para contemplar las vanguardistas obras de este grupo de artistas seguidores y admiradores de las formas de don Ramón Gómez de la Serna, gran maestro de la risa y el humor. Nos hallamos aquí ante la vanagloria y la solemnidad del museo frente al carácter folclórico y cercano de los tenderetes con pinzas de los quioscos que tantas veces ha loado nuestro querido Pérez Andújar.

Los quioscos mostraban una nueva visión del humor, por tanto, de la vida, que contrastaba con la sobriedad y la gravedad que se vivía en el momento. Se enfrentaba esta generación a los valores tradicionales y burgueses que se respiraban en los años previos a la guerra civil.

El autor de este librito que hoy tienes, lector,  entre las manos, es autor de animaladas (como las de este volumen) y de disparates, de personajes descabellados (pese a que los hombres que dibujaba nunca tenían cabello), de pintarrajos y garrapatos sin perspectiva.

Utilizaba Tono, para ello, compás, escuadra y cartabón. Son sus personajes de apariencia constructivista y cubista, con cabezas en forma de patata, de cuerpo desproporcionado, planos, como los fondos donde aparecen. Dibujos antipáticos, como el propio Tono diría en alguna ocasión, bidimensionales, hechos con un tiralíneas surrealista. Contrapicados geométricos donde también incorporará la técnica del collage, ensamblando pequeñas fotografías retocadas por él mismo.

En cuanto a los colores utilizados en sus dibujos, Tono no tenía muchos quebraderos de cabeza en ese aspecto. Utilizaba los colores simples de la publicación: el rojo, el negro y el propio blanco del papel.

Otra de las bellas artes, además del dibujo, en la que ocasionalmente trabajó Tono, fue la escultura, donde tuvo sus primeras experiencias con el barro que modelaba de crio a orillas del Turia, pues fue Tono niño pobre e inquieto, de los de piojos, balón de trapo y barro en las medias.  Lustros y lustre después, ya con unas pocas más de luces y dinero,  idearía Tono unas piezas escultóricas a partir de chapa de aluminio, que era un material muy moderno en aquel entonces, con el que realizó una serie de animales deshumanizados. Esta misma idea de las bestias las llevó al papel, donde bajo el nombre El Arca de Noé y bajo una línea pedagógica que introducía lo lúdico en el aprendizaje de la geometría, publicó una serie de recortables constructivos y constructivistas. Más de sesenta animales que aparecerían  publicados entre los años 1932 y 1934 en la revista Crónica, que formaban este zoo del que ahora puedes disfrutar en su totalidad en el volumen  que estás ojeando, simplemente echándole un vistazo o recortando y plegando cada una de estas genialidades de una sola pieza.

Javier Cejas

 

(1) Un bigote para dos fue una película “de gracia estúpida, que es la gracia mayor de todas las gracias” en la que Tono y Mihura cambiaban los diálogos de un film austriaco.
(2) Los cinco dedos de una mano maestra era como se definía al grupo formado por Mihura, Neville, Tono, López Rubio y Jardiel Poncela.
(3) Definición de José López Rubio.

 


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