Jesús F. Arellano

Honestamente, mi padre fue un hombre tranquilo por encima de cualquier otra cosa. Valoraba la rutina diaria y sus breves deleites, sirva de muestra su habitual paseo solitario o la siesta con el Clásicos Populares sonando en la radio, cómo sólo lo puede hacer quién decide renunciar a muchos propósitos previos para llevar una vida de placentera monotonía. En torno a 1960 canjeó un Madrid en expansión urbanística y cultural por el silencio perenne de un pueblo encalado, rehusando a ciertos empeños artísticos, cinéfilos y viajeros en favor de un trabajo estable en la enseñanza. El marcado ritmo de horarios, programaciones didácticas y cursos encajó bien con la cadencia vital, ordenada y meticulosa de mi ascendiente y, de este modo, su migración a Priego de Córdoba tuvo carácter definitivo.

Mi padre había nacido en Zaragoza en 1932, siendo el octavo de nueve hermanos (o más exactamente de once, ya que dos murieron en torno al año de edad). Su nombre completo le resultó siempre largo, por lo que habitualmente utilizó como firma artística versiones reducidas del mismo, predominando F. Arellano, Jesús F. Arellano y J. F. Arellano. En algunos encargos creativos, que le dejaron insatisfecho y que no pudo destruir, utilizó un palíndromo como pseudónimo: Onallera. Poseía una inclinación natural hacia lo artístico desde muy pequeño. Su progenitor, Francisco Fernández Fritschi, era un ingeniero de caminos, ocupado entre otros cargos con dirigir la Confederación Hidrográfica del Ebro, que tenía la costumbre de dedicar la mañana del domingo a estar un rato con sus hijos. De uno en uno o por parejas, estos iban desfilando por su despacho, territorio de la casa vetado a los vástagos el resto de la semana. Mientras con los más mayores mi abuelo empleaba ese tiempo jugando al ajedrez, leyendo cuentos o realizando algún puzzle, con el pequeño Jesús siempre se destinaban aquellos momentos paterno-filiales a realizar todo tipo de dibujos, en ocasiones con la participación de Mª Luisa, la menor de los hermanos y la otra artista de la familia.

Recién finalizada la Guerra Civil y según mencionó él mismo en alguna entrevista, mi padre se pasó más tiempo en el colegio dibujando que haciendo deberes, lo que no le originó un expediente académico demasiado notable, pero en cambio le permitió mejorar cada vez más la calidad de sus trazos. Incluso algunas de sus caricaturas a profesores, certeras y clandestinas, tuvieron tal fortuna tras ser interceptadas por los Hermanos Salesianos que no sólo no le costaron castigo alguno sino que llegaron a aparecer impresas en unos boletines que el colegio publicaba al final del curso. Esto se convirtió con el tiempo en una constante en su obra: a pesar de su desconfianza acerca de la inestable opinión del público en torno al arte, lo cierto es que el trabajo de mi padre tuvo generalmente bastante buena acogida entre espectadores de lo más variopinto.

A principios de los 60, una vez finalizadas tanto su etapa universitaria en Madrid como las Milicias Universitarias en las Palmas de Gran Canaria, mi progenitor protagonizó una breve experiencia como pintor y dibujante profesional, que incluyó la realización de cinco exposiciones individuales, para acto seguido alejarse definitivamente de la escena pública artística. Si bien en algunas de estas exhibiciones casi no tuvo espectadores, en otras vendió todo lo expuesto, llegando incluso a recibir encargos para colecciones privadas de Alemania y Suiza. Sin embargo, ambas experiencias le dejaron insatisfecho. Fue doloroso ver una sala de arte vacía tras tantas horas de trabajo, pero quizás no tanto como tener que desprenderse de determinas piezas. Tras la pena que le suscitaron esas ventas llegó a la conclusión de que no le interesaba para nada determinados conceptos encolados a este trabajo: popularidad, modernidad, éxito, tramoya social, inauguraciones, política cultural, premios. Para mi padre todo eso mutaba el arte y la belleza en negocio y comercio. Tratar de vivir del arte exigía un producto que se ajustara a la demanda del mercado y finalmente resultó una opción con más contras que pros. Abandonó la aventura profesional en pos de aspirar al acto creativo puro, que para él consistía, sencillamente, en realizar una obra que te dejara tan lleno que no quisieras apartarte de ella el resto de tu vida. Arte para el espectador más exigente: uno mismo.

Poco antes comenzó a escribir Las pequeñas en un momento propicio para una reflexión pausada. En Madrid, con 26 años, sufrió un serio accidente de tráfico que destrozó su motocicleta y su pierna y, de este modo, se encontró postrado en una cama de hospital durante más de medio año mientras le operaban varias veces de sus huesos rotos por tres sitios. En la clínica el tiempo se eternizó y para entretenerse, además de realizar muchas lecturas, ideó unos cuadernos de pequeño formato bastante insólitos: en uno planteó una divertida teoría gráfica para recordar cifras, mediante una serie de imágenes a color asociadas a los números del 1 al 100, en otro propuso una colección “estética o algo así” de sellos postales y en el tercero escribió y dibujó Las pequeñas.

A pesar de los continuos cambios de escenario, múltiples personajes y saltos en el tiempo, Las Pequeñas resulta una obra accesible merced a un estilo directo, limpio y sintético que es el propio de la iconografía de mi padre. Ante ese desorden cronológico y geográfico planificado, la obra huye de una adscripción al diario o al cuaderno de notas para anteceder a la novela gráfica de carácter íntimo. Las Pequeñas plantea con manuscrita ironía una crónica de la inmadurez sentimental en la España de posguerra. La vida cotidiana en el franquismo se muestra como telón de fondo cargado de tópicos que a veces no lo son tanto y que se mezclan con imágenes de niños de Zaragoza (que en 1940 ya tenía censados 238601 habitantes) que juegan solos en mitad de la calle y toman el tranvía sin necesidad de acompañamiento.

La curiosa nómina de féminas que puebla el inicio de cada capítulo resulta incompleta debido a una ausencia notable. La última pequeña. Aunque en realidad y dado que la historia tuvo final feliz quizás no se ajuste demasiado bien al tono desventurado del libro. A principios de la década de los 70 y tras un rápido romance, mi padre se casa con Mª Carmen, una joven cordobesa con la que compartirá el resto de su vida. La nueva familia pronto tiene descendencia y así mi hermana y yo nos hacemos presentes en esa misma década. A un amante del sosiego y la calma como mi padre se le tuvo que hacer difícil mantener la compostura en un hogar con dos críos pequeños, pero lo cierto es que nunca oí ninguna queja por su parte. Máxime cuando debo reconocer que mi carácter agitado e inquieto llevó a mi progenitor a más de una situación límite, especialmente cuando coincidimos en el instituto él, como profesor de dibujo, y yo, como alumno de bachillerato. Resulta premonitorio que la última frase de las pequeñas sea “desde entonces a todo el que me ha negado que la adolescencia es la época más estúpida de la vida le he mandado a hacer gárgaras” ya que durante 40 años pudo comprobar, curso tras curso, con algunos de sus alumnos e incluso conmigo, lo preciso de esta rotunda afirmación.

Mi padre murió súbitamente en octubre del año 2000 cuando estaba a punto de jubilarse. Por encima de todos los archivos mentales, tensos e inconexos, que conservo del suceso, recuerdo perfectamente como la tarde anterior estuvimos en casa viendo una cinta de video de los argentinos Les Luthiers. El teatro televisado no me suele entusiasmar, pero algunos gags y el buen hacer del quinteto provocaron que acabáramos riéndonos con ganas. La imagen de mi padre en el sillón del salón, limpiándose las gafas con un pañuelo después del buen rato, se ha convertido en una instantánea precisa de su despedida. Eso sí, a mi lado cinéfilo, de indiscutible herencia paterna, le hubiera gustado que nuestra última experiencia conjunta como espectadores hubiera sido volver a ver por vigésima vez El tercer hombreSer o no serEl hombre tranquilo o alguna otra de nuestras películas favoritas en lugar de algo inicialmente tan poco seductor como una obra teatral grabada en video. No estoy seguro pero creo que fue la última vez que he visto teatro a través de una pantalla.

Rubén Fernández  Santos

 


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